Elara intentó esconder el libro detrás de su espalda, pero el pánico aceleró su pulso. El calor en su pecho creció descontroladamente. Una pequeña voluta de humo comenzó a salir de las puntas de sus dedos.
Desde pequeña, cuando la nieve amenazaba con sepultar su pequeña aldea, ella podía sentir una chispa en su pecho. Un pequeño fulgor que mantenía sus manos calientes mientras los demás se congelaban. Había aprendido a ocultarlo, a vestir pesadas pieles incluso en los días menos fríos para justificar la falta de temblor en su cuerpo. Sabía perfectamente lo que les ocurría a aquellos que manifestaban el "Toque del Sol"; la Guardia de Hielo se los llevaba para nunca más ser vistos, acusados de portar la maldición que casi destruye el mundo siglos atrás.
De repente, un crujido rompió el silencio del archivo. Elara cerró el libro de golpe, pero ya era tarde. El capitán de la Guardia de Hielo, un hombre de ojos grises y armadura plateada llamado Kaelen, estaba de pie en el umbral.
Las páginas estaban escritas en una lengua muerta que milagrosamente podía comprender. Hablaban de los Guardianes de la Llama, seres capaces de controlar el fuego no para destruir, sino para mantener el equilibrio del mundo. En la última página, un mapa detallaba la ubicación de la Forja Primordial, oculta bajo las Montañas de Ceniza.
—Ese sector está prohibido para los aprendices —dijo Kaelen, su voz fría como la escarcha.
Corrió a través de la noche eterna de Iliria, guiada por el calor antinatural que emanaba de su propio cuerpo y el mapa grabado en su memoria. Su destino eran las Montañas de Ceniza. El despertar del fuego en su interior acababa de comenzar, y con él, el destino de todo un reino helado estaba a punto de cambiar para siempre.
Elara intentó esconder el libro detrás de su espalda, pero el pánico aceleró su pulso. El calor en su pecho creció descontroladamente. Una pequeña voluta de humo comenzó a salir de las puntas de sus dedos.
Desde pequeña, cuando la nieve amenazaba con sepultar su pequeña aldea, ella podía sentir una chispa en su pecho. Un pequeño fulgor que mantenía sus manos calientes mientras los demás se congelaban. Había aprendido a ocultarlo, a vestir pesadas pieles incluso en los días menos fríos para justificar la falta de temblor en su cuerpo. Sabía perfectamente lo que les ocurría a aquellos que manifestaban el "Toque del Sol"; la Guardia de Hielo se los llevaba para nunca más ser vistos, acusados de portar la maldición que casi destruye el mundo siglos atrás. Destino. El despertar del fuego - Sarah Rees Br...
De repente, un crujido rompió el silencio del archivo. Elara cerró el libro de golpe, pero ya era tarde. El capitán de la Guardia de Hielo, un hombre de ojos grises y armadura plateada llamado Kaelen, estaba de pie en el umbral. Elara intentó esconder el libro detrás de su
Las páginas estaban escritas en una lengua muerta que milagrosamente podía comprender. Hablaban de los Guardianes de la Llama, seres capaces de controlar el fuego no para destruir, sino para mantener el equilibrio del mundo. En la última página, un mapa detallaba la ubicación de la Forja Primordial, oculta bajo las Montañas de Ceniza. Desde pequeña, cuando la nieve amenazaba con sepultar
—Ese sector está prohibido para los aprendices —dijo Kaelen, su voz fría como la escarcha.
Corrió a través de la noche eterna de Iliria, guiada por el calor antinatural que emanaba de su propio cuerpo y el mapa grabado en su memoria. Su destino eran las Montañas de Ceniza. El despertar del fuego en su interior acababa de comenzar, y con él, el destino de todo un reino helado estaba a punto de cambiar para siempre.