Julián extendió la mano y, con infinita delicadeza, apartó un mechón de cabello mojado de la mejilla de Elena. Su tacto seguía siendo el mismo refugio de antaño.
—Porque intenté buscar una vida donde tú fueras solo un capítulo pasado, pero me di cuenta de que eras todo el libro —confesó él, con los ojos empañados—. Huir de ti fue el mayor error de mi vida, y volver a buscarte es la única verdad que me queda. Si amarte fue la razón para marcharme y no destruirte con mis dudas, hoy amarte es la única razón que tengo para quedarme.
—La distancia destruye lo que no se puede tocar, Elena —respondió él, con una tristeza infinita en los ojos—. No quiero que nos convirtamos en fantasmas que habitan en la memoria del otro. Quiero que vivas.
La lluvia golpeaba con fuerza los ventanales de la vieja casona en las afueras de Madrid. El sonido era un eco constante, casi rítmico, que compasaba los latidos de un corazón cansado. Elena sostenía entre sus manos una taza de café ya frío, con la mirada perdida en las sombras que proyectaba la chimenea. En su regazo descansaba un viejo cuaderno de tapas de cuero desgastado, el guardián de sus memorias más profundas, aquellas que dolían pero que se negaban a morir.
Elena dio un paso atrás, permitiéndole entrar. La lluvia goteaba de su abrigo sobre el suelo de madera, pero a ninguno le importó. Él dejó la caja sobre la mesa y se acercó lentamente, temiendo que ella fuera solo un espejismo fruto de la tormenta.